sábado, 21 de julio de 2012

Una semana - Cuarta parte - Ella y el sexo




Se aproximaba el momento de revelación. Planeó cautelosamente un viaje al mar. Recorrería la playa que quedaba a 30 kilómetros el sábado y pasearía por el puerto que quedaba a unos 200 kilómetro el domingo. Pasaría la tarde, comería, tomaría mate con su madre y amigos. Buscaría dejar en el mar las malas energía y liberarse como quién arroja las cenizas de un amigo, de un familiar y le dice adiós. Sacaría fotos y respiraría con profundidad. Pensar en él todavía le provocaba asfixia momentánea. Pensaría en él y lo dejaría en el mar.
Dejarlo en el mar, era dejarlo para siempre. Dejar sus sentimientos. Dejar de extrañarlo y dejar de quedarse sin aire cada vez que pensaba en él. Dejarlo irse de su alma. Dejar de pensar en él y querer hacerle el amor. Las ideas de él acariciando su sexo antes de hacerle el amor aparecían en cualquier momento del día y la noche. Las imágenes de ellos besándose en la cama no la dejaban de perseguir. Recordaba con detalle cada vez que se habían acostado. Lo necesitaba de vuelta dentro de ella. Necesitaba dejarlo en el mar.
Decidió dejar de escribir su cuento hasta volver de la playa. Creía que así volvería limpia para poder terminarlo. No sé equivocaba así sería. Apago el computador y se fue a acostar excitada por los pensamientos que la invadían de él. Recuerdos que había escrito en su cuento como ella lo recordaba detalle por detalle.
En vuelta en sudor y enredada en las sabanas a causa de las vueltas que daba intentando dejar de pensar y recordando cada vez que él la tocó. Quería acariciarse. Se quería acariciar y pensar en él, hacer como lo hacía él. Pero le daba terror hacerlo. No se animaba a masturbarse con su imagen porque temía volver a enamorarse, de confundirse. De dejar atrás el rompimiento y llamarlo. No sabía si él la aceptaría de vuelta. Pero en realidad no lo pensaba. Sólo pensaba en su miembro y en la forma en que la tocaba.
Se escuchaba respirar y se excitaba. La suavidad de las sabanas la excitaba. cada vez que pasaba la mano por su pierna o se acomodaba el pelo se excitaba. No podía parar de pensar en él. Lo recordaba y lo amaba. Recordaba amarlo y se quedaba sin aire. Volvía a sentir como el pecho se presionaba, su garganta se cerraba y un hilo de aire luchaba con fuerza para poder llenar sus pulmones.
Se quedo dormida bajo el éxtasis de la locura que sentía por él. Por haberlo dejado y no verlo. Por haberlo dejado por completo y no tenerlo. Esa noche como las anteriores tuvo un sueño erótico. Pero en ellos tenía sexo con seres que no tenían cara.


Sábado, 21 de julio de 2012.
03:20



Una semana - Tercera parte - La razón de la huida




¿Qué vamos a hacer?, le pregunto una actriz secundaria al protagonista de la novela de las 11. El televisor seguía prendido para nadie. Las luces se distorsionaban, hacían sus propias figuras, dibujan sus propias imágenes. Cuando alguien lo pispeaba o miraba de reojo la imagen se arreglaba y emitía las verdaderas.
Ella sabía de las energías que trasmitía el reflejo del televisor. Era una de las tantas cosas que le molestaban de su casa que hacía tiempo había dejado de ser su casa. Lo sobrecargada que estaba, llena de aparatos que nadie usaba. Las flores secas que adornaban cada una de las habitaciones.Pero lo que más le molestaba era su cuarto, reacomodado por su madre. La cama estaba en el medio de la pieza, cuando a ella le daba terror esa posición. Al frente se encontraba un espejo que la reflejaba todo el tiempo.
Volver siempre era difícil, por una cosa u otra. Siempre se sentía incomoda por algo. Esta vez ella se había escapado de su nueva ciudad. Había huido del cansancio, de la rutina, de las peleas. Estaba agotada de discutir. De hablar por teléfono. De seguir intentando sostener una relación que ya no quería seguir.
Lo que ella no sabía era que en su vida iban a pasar cosas en este viaje que le harían cambiar toda su forma de pensar, de vivir, de respirar. Pero para que eso llegue a los ojos de ella faltaba tiempo. La vida era más que mirar el mar. Y gracias a ese viaje de regreso a su hogar, por fin lo entendería.
Seguía luchando para no llamar a esa persona. Todas las noches antes de dormir pensaba en él. En sus besos, en la forma en la que le hacía el amor. Pensaba en masturbarse pensando en él. Pero no podía. Se frenaba cuando tocaba su sexo. Intento tenes relaciones con otras personas, pero la cara y los recuerdos de él aparecían de golpe y no podía avanzar.
Lo necesitaba pero no podía retroceder. Al terminar la semana, lo habría olvidado.


Viernes, 20 de julio de 2012.
23:58



jueves, 19 de julio de 2012

Una semana - Segunda parte - Las molestias cotidianas




Entonces recordó de a poco esos últimos ocho meses. Los primeros vestigios del enamoramiento. La sensación de abandono que le producía el hecho de no tener noticias de quien hoy le generaba una carga. El sexo apasionado que embriagaba el alma, liberándola de las opresiones y dejaba salir espontáneamente los mejores secretos. Las más vergonzosas confesiones. Las más dulces palabras de amor.
Todo eso quedó en el pasado, era parte de una historia que estaba terminando. Cada vez que estos recuerdos invadían su mente, debía invocar las últimas semanas. Ella no era feliz. Sólo debía recordarlo para mantener la calma y no correr desesperadamente a sus brazos.
Sabía lo que iba a pasar si eso llegaba a suceder. Lo llamaría y le diría que cometió un error. Que en el momento se sintió ofuscada. Estaba con demasiadas responsabilidades. Que se había sobrecargado. Todas esas sensaciones la habían confundido pero le diría que lo quería y que lo extrañaba y necesitaba.
Claro que lo extrañaba y necesitaba pero no de la forma que él quería y debía ser querido. Ella, añoraba pasar las horas con él y reír juntos. Pero Cuando tuvo que ponerle nombre a la relación, se empezó a sentir encerrada como si lo único que tenía para ella se empezara a ensuciar con el afuera. Cada vez que alguien le hacia referencia a esa relación su pecho se ponía duro, sus garganta se cerraba trabando el aire que debía pasar por allí. Sus ojos se abrían por la presión que le ejercía respirar.
Detuvo la escritura, su madre le hablaba y no la dejaba escribir. Un perro ladraba hace horas. El colectivo pasaba por su calle y hacía temblar la casa, las paredes, el piso. El ruido del fluorescente, la heladera, y el noticiero de las siete. Los murmullos de un suicidio. El olor a suavizante que penetraba por su nariz le daba picazón.


Jueves, 19 de julio de 2012.
19:13



Olvidate



Dejame seguir, dejame.

Dejame ser, dejame.

Dejame y olvidate.


Una semana - Primera parte - Las primeras 20 lineas



Sé sentó frente a la computadora con la consigna de escribirse, día tras día, todos los días por una semana todas las veces que lo necesitara en el día. Empezó a teclear y se equivocó al escribir. Tuvo que volver a empezar. Eso no le molesto. Tenía que escribir 20 lineas, no importaba si el final no tenía coherencia, sólo 20 lineas. Pero lo que creyó que sería tan sencillo, empezó a complicarse en sus primeras cuatro lineas.
Quería concentrarse pero el hecho de estar de visita en su lugar de casi origen le provocaba un malestar que no podía describir con palabras. El televisor estaba prendido pero nadie lo veía. Estaba encendido para un público ausente. La luz del fluorescente del comedor emitía un sonido agudo que no paraba de sonar y se mezclaba con el ruido de la heladera y el televisor. 
Ella quería escribir un relato, un cuento, acerca de si misma. Quería contar en tercera persona como se sentía en sus vacaciones invernales. Tenía jugo para sacar de su vida. Quería explotar al máximo cada suceso que transitaba. 
En su ciudad tendría que enfrentar regresar a su casa, su vieja habitación. Horarios puesto por su madre. A su madre. Los amigos que nunca quería volver a ver ya que la mayoría habían hecho familia. La resiente muerte de un amigo. El hecho de no estar en su casa con sus cosas. Adaptarse una nueva/vieja ciudad. La ruptura con un ser querido. Morirse de ganas de llamarlo pero aceptar el hecho de que así era mejor. Y por sobre todo, bancarse la mala conexión de Internet. 
Contó las lineas escritas, le faltaban sólo cuatro para terminar su primer día. Pensó en silencio y con la mirada puesta en la pantalla cómo seguiría la historia. Pensó y escribió. Se detuvo de repente, miró el celular, quiso llamar a esa persona pero se frenó por milésima vez en el día. Recordó las razones por las que no quería seguir en esa relación conflictiva. Recordó con esfuerzo lo agobiada que se sentía. Pensó en él y se quedó sin aire.


Jueves, 19 de julio de 2012.
03:58



miércoles, 18 de julio de 2012

Luna Monti y Juan Quintero. Mejor Así.

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Son como síntomas. Aparecen uno después del otro. Si sabes el orden de estos, entonces podes controlarlos. Sino sos un caso perdido. Y corres el riesgo de caer ante esta terrible enfermedad.

La enfermedad: desintoxicarse del amor. Del desamor. Volver a la realidad.

Antes de caer en volver a llamarlo, borre todo del celular, sus mensajes, su número, el registro de llamadas. Pero no hay que ser ingenuos, es obvio que cada dígito está  marcado en una parte del cerebro.
Antes de que se te ocurra llamarlo, respirá hondo. Y si eso no funciona, antes de poner su número marca #31#, así si te arrepentís y cortas, jamás sabrá que fuiste vos.

En el momento en el que tomaste la decisión de acabar una relación, seguro tuviste mil razones. Pero en estos días, los primeros, vas a encontrar otras mil que te dicen que vuelvas a intentarlo. Entonces, volvé a respirar hondo y date cuenta que esos pensamientos, son viejas imágenes de cuando estaban en el mejor momento, seguro ante de los seis meses. Cuando hasta el sexo era increíble. La solución es cambiar esos pensamientos, por los últimos momentos vividos.

No lo llames. No lo llames. No lo llames. No lo llames. No lo llames. No lo llames. No lo llames.

No lo llames. Es la primera etapa la más difícil. Después es más fácil olvidarlo.

Borralo de tu vida. Borralo de todos lados.

Antes de llamarlo, pensá. ¿Para qué? ¿Qué le voy a decir? ¿Qué lo amo? ¿Qué lo extraño? ¿Qué?