jueves, 19 de julio de 2012

Una semana - Segunda parte - Las molestias cotidianas




Entonces recordó de a poco esos últimos ocho meses. Los primeros vestigios del enamoramiento. La sensación de abandono que le producía el hecho de no tener noticias de quien hoy le generaba una carga. El sexo apasionado que embriagaba el alma, liberándola de las opresiones y dejaba salir espontáneamente los mejores secretos. Las más vergonzosas confesiones. Las más dulces palabras de amor.
Todo eso quedó en el pasado, era parte de una historia que estaba terminando. Cada vez que estos recuerdos invadían su mente, debía invocar las últimas semanas. Ella no era feliz. Sólo debía recordarlo para mantener la calma y no correr desesperadamente a sus brazos.
Sabía lo que iba a pasar si eso llegaba a suceder. Lo llamaría y le diría que cometió un error. Que en el momento se sintió ofuscada. Estaba con demasiadas responsabilidades. Que se había sobrecargado. Todas esas sensaciones la habían confundido pero le diría que lo quería y que lo extrañaba y necesitaba.
Claro que lo extrañaba y necesitaba pero no de la forma que él quería y debía ser querido. Ella, añoraba pasar las horas con él y reír juntos. Pero Cuando tuvo que ponerle nombre a la relación, se empezó a sentir encerrada como si lo único que tenía para ella se empezara a ensuciar con el afuera. Cada vez que alguien le hacia referencia a esa relación su pecho se ponía duro, sus garganta se cerraba trabando el aire que debía pasar por allí. Sus ojos se abrían por la presión que le ejercía respirar.
Detuvo la escritura, su madre le hablaba y no la dejaba escribir. Un perro ladraba hace horas. El colectivo pasaba por su calle y hacía temblar la casa, las paredes, el piso. El ruido del fluorescente, la heladera, y el noticiero de las siete. Los murmullos de un suicidio. El olor a suavizante que penetraba por su nariz le daba picazón.


Jueves, 19 de julio de 2012.
19:13



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